Esa noche hubo algo en la voz de su hijo que la estremeció. “Gracias, mamá, por el spa”, le oyó decir a través de Skype. Estaba tan cargada de cariño, esa voz, que casi la hace llorar. Pero ella es madre, claro. Y se mantuvo fuerte. Ya no recuerda qué más siguió. Un par de palabras, quizás. ¿Un adiós? Pero esa voz, la voz de su hijo, nunca más la volvió escuchar.
Esta es la historia que una madre nunca quisiera contar. Es la historia, valiente y estremecedora, de una mujer que narra lo que no tiene nombre. Y no tiene nombre porque no se supone que los hijos mueran antes que sus padres; porque no se supone que carguen la fatiga en el alma en el esplendor de sus días; porque no se supone que pierdan la cordura, que se lancen al vacío, que acaben con su vida.
De eso trata ‘Lo que no tiene nombre’, libro que ella misma describe como “el más delicado de mi vida”. En él narra la historia de su hijo Daniel, un artista plástico que lleva una vida normal, pero que a los 20 años le diagnostican una esquizofrenia, enfermedad mental contra la que él y su familia batallan durante ocho años, y que finalmente termina en su suicidio, en 2011, mientras adelantaba una maestría en la Universidad de Columbia, en Nueva York.