El protagonista de «Los estratos» está casi siempre solo. Es el heredero de una empresa que se desmorona. Sus compañeros en el consejo de administración, compañeros generacionales de su padre, no hacen más que advertírselo: la compañía va de cabeza a la bancarrota. Pero él se mantiene impertérrito: evita esas comunicaciones, las atrasa, las elude, las achaca a reacciones histéricas. Y no hace nada: calcula los fondos que le quedan y los emplea en los asuntos más peregrinos, aquellos que decide sin pedir consejo ni encomendarse a nadie. Ni su esposa, ni sus acompañantes o amantes esporádicas. Tampoco tiene amigos, y sus contactos con la familia son curiosos y esporádicos. Acude a visitar a familiares menos favorecidos en lo económico y allí parece sentirse a gusto. Entre gente sencilla con existencias sencillas, entre comida exenta de sofisticación, entre charlas distendidas donde un familiar sicario relaciona los pormenores de su trabajo.
Y mantiene un recuerdo, la nana que le cuidó de pequeño, la que le contaba cuentos que calan en su memoria, obsesión que le llevará por los caminos más extraños: encargar su búsqueda a una psiquiatra reciclada en detective, aventurarse en una costosa búsqueda conradiana, relativo punto débil algo enajenado de una novela que es brillante y revela un autor inquieto y francamente eficaz en su escritura, una escritura entrecortada, carente de florituras y directa al grano.
Los estratos parece referirse a las distintas clases de la sociedad colombiana del pasado más reciente, y cierto es que nos encontramos de todo: la dominante, el poder, la pobreza que rodea y casi delimita los barrios, la gente que vive en las zonas de selva. El innombrado protagonista parece asistir a su funesto futuro con una desidia y una despreocupación absoluta.