Escritura Creativa 150110 – Qué mala es la envidia

Taller Ciervo Blanco de ESCRITURA CREATIVA en Madrid:

1 IMAGEN 250 PALABRAS

Taller Escritura Creativa Madrid Ciervo Blanco 150110
(click para agrandar)

Objetivo y Funcionamiento

El objetivo es escribir un relato original e inédito, de contenido y forma libres, basado en la fotografía presentada. Cada semana se ofrece una imagen distinta como disparador creativo.

El texto debe ser un relato breve de un máximo de 250 palabras. Esto es importante debido al tiempo; los textos que superen las 250 palabras no serán leídos en la sesión, ni podrán ser votados.

Durante las reuniones cada autor lee en voz alta su creación, se comentan las obras y al final del encuentro se vota al mejor texto.

La asistencia es libre y gratuita. Es imprescindible escribir un relato basado en la imagen de un máximo de 250 palabras para poder acudir y participar.

Información sobre evento

Sesión de Escritura Creativa 150110

Cuándo: Sábado 10/01/15 a las 18:00

Dónde: Cicero Canary – C/ Altamirano, 16 – Argüelles, Madrid

Apúntate pulsando «Reservar«:

Plazo de reserva finalizado

Lista de Asistentes

Lista de asistentes (incluyendo todas las redes):

Adrián Díaz (CB)

Ahinara (AM)

Alicia (CB)

Andrés (MU)

Begoña (CB)

Carmen Muñoz (CB)

Carmen Rosa (UO)

Carmina (AM)

Concha Cabrera (CB)

Cristina (MU)

Edith (CB)

José Ramón (UO)

Juan Carlos (CB)

Kirely Macedo (UO)

Luis P. (MU)

Mara Madrid (CB)

María Jesús (MU)

Marta Pato (MU)

Mery Streusand (UO)

Peter (MU)

Petra (AM)

Alicia (CB)

Ana Pielfort (CB)

Angel Eusebio (UO)

Angela Polo (MU)

Cristina (CB)

Cristina Simon (CB)

Dems Page (MU)

Eva Pérez (CB)

Helena Mariño (CB)

Ignatius Reilly (LU)

Ishmael Kavalier (MU)

Iñaki (MU)

Jesús (MU)

José Ignacio Villarejo (MU)

Laura Panqueva (CB)

Lucía (MU)

María Pérez (MU)

Myriam (CB)

Patricia Rosales (MU)

Pepa (AM)

 

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RELATOS PRESENTADOS [br] Relato Ganador: «Qué mala es la envidia», por Eva Pérez [br] Finalistas: Rue Vavin (Pepe) / Una vez más doña Aurora (Petra) / El Buen Hijo (Ana)

Qué mala es la envidia

Qué mala es la envidia, por Eva Pérez

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Todo comenzó con la llegada de aquella extraña familia al barrio.“Los Felices”. No era su nombre auténtico pero acabamos llamándoles así pues, pasara lo que pasara, tenían siempre un motivo para exhibir una sonrisa.

Hasta que llegaron en las calles se hablaba de lo de siempre: subidas de impuestos, falta de servicios. Cosas normales, pero comenzaron a cambiarlo todo.

Si había cortes de luz, decían “¡qué maravilla, usaremos velas!” Si una tubería se rompía comentaban: “¡Uy, qué limpia va a quedar la calle!” Todo era motivo de regocijo y celebración.

Hasta entonces yo era considerado un ejecutivo de éxito. Tenía el coche más envidiado del barrio, el maletín más caro, el mejor traje. Sin embargo, nada de eso parecía impresionar a “Los felices”. Juan Feliz y Olalla Feliz, el matrimonio, ni siquiera se impresionaron cuando entré en su frutería. Apenas intercambiaron una mirada entre ellos, cargada de amor y complicidad, y no me obsequiaron con una sola exclamación de asombro al ver mi rolex. La compra la suele hacer mi criada pero quería conocerlos personalmente.

Al no lograr su admiración, pensé: voy a boicotear su tienda. Y pinté con spray la palabra: “FUERA” en la puerta. Más al día siguiente, sorprendido, vi una docena de vecinos esperando a que abrieran.

– ¿Qué ocurre?

– ¿No lo ha leído?

Se apartaron para dejarme ver mi pintada retocada: “Hace frío FUERA y dentro hay café gratis”

Lo peor de todo es haber contribuido a su éxito.

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Blog de Eva Pérez (Nelly): www.cuentosdenelly.blogspot.com

Rue Vavin

Rue Vavin, por Pepe

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No es una queja sino un manifiesto: soy un incomprendido. Siempre lo he sido y así será hasta que mis huesos se blanqueen bajo tierra.

Rue Vavin
Montparnasse
Febrero de 1973
08:45 AM
2ºC

Me encamino hacia el Museo Zadkine, donde me pagan un salario más que decente por la elaboración de informes sobre subastas de arte en toda Europa y los EEUU. Un buen trabajo que no me interesa para nada.

Ustedes supondrán que en mi maletín llevaré documentación, revistas de arte, catálogos, en fin, ese tipo de cosas. Pues se equivocan.

También supondrán que llevo las manos enguantadas debido al frío reinante. Continúan en el error.

Imaginarán que en un arrebato pasional estoy haciendo una declaración de amor a la mujer de mi vida… o bien que soy un nostálgico de aquel mayo en que, bajo el asfalto de los bulevares de la orilla izquierda, florecían las azucenas prohibiendo prohibir…

No y no. Yo no ensucio las paredes. Yo las limpio. Mejor aún: las purifico.

Los guantes sirven para evitar los gérmenes que me rodean; y mi verdadera ocupación, la actividad donde vuelco todas mis energías, el motor que me pone en marcha no es otro que la exterminación de todo tipo de artrópodos, especialmente las CUCARACHAS. No puedo con ellas: es algo superior a mis fuerzas.

Lo único que contiene mi maletín, aparte de un sandwich de pavo, es un par de aerosoles de un potente y bestial insecticida de amplio espectro.

Los vecinos de la rue de Lyon

Los vecinos de la rue de Lyon, por Marta Pato

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Los vecinos de la rue de Lyon se movían bajo el cielo encapotado de París. Era una mañana de invierno frío en blanco y negro como cualquier otra. Sin embargo, había algo distinto, más que distinto.

Monsieur Lacroix liaba un cigarrillo con gusto. No recordaba desde hacía mucho ese placer kinestésico acariciando el fino papel seda. Su paso se hizo firme y decidido. Viviría los días que le quedaran en compañía del cáncer como a él le diera la real gana. La pequeña Michelle Lombard no caminaba, si no que, saltaba de alegría por ir al colegio. La noche pasada soñó que le gustaban las matemáticas. Como era la primera asignatura de la mañana solía ir llorando desesperada. Llanto que despertaba a la vecina del ático con la precisión de un reloj suizo. Esa mañana durmió hasta pasadas las 11, lo necesitaba. También Madame Lombard parecía cambiada. Alzó su mirada de los adoquines. Algo captó su atención. Hacía tiempo que no se interesaba por a penas casi nada, por no decir nada.

<< ¿Es Pierre?, se preguntó >>

Sí, era Pierre, el tímido oficinista que había estudiado económicas cumpliendo las expectativas familiares y no podía reprimir por más tiempo su talento creativo. Ya no era suficiente esculpirse el tupé ni jugar con los colores de sus corbatas. Se sentía el mismísimo Banksy con una diferencia, a él todos le conocían y estaba pintando un grafitti a plena luz de panza de nube en la rue de Lyon. Era una mañana distinta, una mañana en la que respirar libre expresión.

Doña Mari Cruz

Doña Mari Cruz, por Ismael Gómez

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Doña Mari Cruz siempre supo reconocer un enemigo cuando lo veía. Y aquel joven lo era. Sin embargo, en su imaginación o su experiencia, y nunca había sido fácil distinguir una de la otra, los enemigos tenían las uñas sucias o comidas, el pelo largo y sucio, la ropa vieja y barata.

¿Qué hacía aquel joven de tan correcta apariencia, tan pulcramente peinado pintando en la esquina del viejo cine?

¿Eso no será…?, preguntó doña Mari Cruz.

El joven se irguió, se giró hacia ella y le dedicó una sonrisa que parecía de soslayo, como si no estuviera pensando en ella. Después, se volvió y continuó dibujando.

¡Sí que lo es!, decidió, escandalizada.

Tranquilícese, dijo el joven.

¿Que me tranquilice? ¡Es el hijo de dios del que te burlas!

¿Por qué tiene que ser el hijo de dios?, preguntó el chico, agitando el bote de spray.

A mí no me engañas… dijo Mari Cruz, señalando los rasgos, la barba… Y, finalmente, la otra figura, también masculina, que con ojos cerrados aguardaba el beso.

¡No te puedes burlar de algo tan serio! ¡No tienes derecho!

El joven se giró y empezó a dibujar algo sobre la cabeza de la figura de barba.

¿Qué es eso?

Pero el chico no dijo nada hasta haber terminado.

¿Mejor?

Mari Cruz sopesó el dibujo, en el que aparecían dos figuras masculinas, besándose. Sobre la cabeza de uno había ahora un turbante.

Mucho mejor, respondió Mari Cruz, antes de continuar su camino.

Ella me lo pedía

Ella me lo pedía, por Laly

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Paso cada mañana delante de ella, cada tarde la miro de reojo. Es una pared apática, sin palabras, aún sin color. Sus límites, tristes como ella, son: un escaparate de cristal casi opaco, el suelo sombrío y el vacío. La miro a la ida y a la vuelta. No entiendo qué me pasa ni lo pretendo, pero lo cierto es que cada día me a atrae más y más ese metro de rincón que claramente me pide ayuda, que reclama los colores. Y llego a casa, saco mis espray de pinturas, el verde, el azul turquesa y el amarillo. Con cualquiera de ellos se consolaría.

Pero dejo pasar la primavera, el verde reciente de las hojas de los a árboles y los colores de los vestidos me distraen y apenas si le dedico alguna mirada. Desfila también el otoño con los amarillos y rojos tirados por las aceras. Tampoco me siento con la obligación de acallar su llamada.

Hoy, tres de diciembre, con las calles inundadas de abrigos negros, marrones y grises, con las ramas de los arboles desarropadas, he decidido que ya ha llegado el momento de que ese trocito de esquina recupere la vida merecida. Me he puesto el traje para las ocasiones especiales. He sacado de mi cartera negra el primer espray de pinturas, después la geometría de mis pensamientos. El azul turquesa predomina sobre un fondo rojo. Un círculo verde lo rodea. Me siento magnánimo.

Fuera de mis esquemas mentales

Fuera de mis esquemas mentales, por Cristina Simon

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Si lo hace un hombre con traje de chaqueta será arte…¿no? No me atrevería a decir lo contrario ni en los tiempos que corren. Además, se le ve tan concentrado… y sin embargo mis padres me habían repetido una y mil veces que pintar en las paredes de casa con rotulador estaba mal.

 – ¿Por qué, mamá?, ¿Acaso los hombres de las cavernas no pintaban en sus cuevas?, ¿Acaso no colgamos cuadros en nuestras paredes?, ¿No prefieres algo que haya hecho yo, sangre de tu sangre, al trabajo impersonal de un desconocido?

Desde luego no había forma de convencerlos, y si reincidía en mi impulso me castigaban a resolver interminables problemas de matemáticas para enseñarme la lección. Y la lección la aprendí. Hoy soy profesora de matemáticas.

Otra cosa que también aprendí es que los que hacen grafitis en las calles son unos delincuentes. Pantalón de tiro bajo, camiseta sin mangas, cadenas y una gorra. Así es como yo veo a esos vándalos. Por eso algo anda mal aquí. ¡El yerno ideal haciendo un grafiti!

Puede ser que a mis padres se les olvidase contarme que existen lobos con piel de cordero, que no todo lo que ves es todo lo que es la gente, que muchas veces, nada es lo que parece. Puede que se les olvidase que el hábito no hace al monje o que no por responder a unos patrones sociales la persona es de una manera u otra. O simplemente, a ese niño mayor de traje de chaqueta sus padres no le prohibieron pintar con rotulador en las paredes de su casa.

Una vez más doña Aurora

Una vez más doña Aurora, por Petra Bueno

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Una vez más doña Aurora había vuelto a gritarle. Era lo único que su cabeza  procesaba una y otra vez… hoy ni siquiera se había despedido al salir, cerró la puerta suavemente y se encaminó a casa cabizbaja y rumiando el tedioso maltrato recibido cada mañana,de repente algo llamó su atención:

Otra vez estaba ahí el banquero defenestrado !spray en mano vengando su tempranero despido, inesperado, rápido y devastador, tsunami en su vida profesional ,y a juzgar por su demacrado aspecto, también personal.

Le encantaba verlo en plena posesión, tatuando la fachada del Santander y aledaños,mientras la crispación del nuevo director era más que palpable desde el ventanal de su despacho, presidido por una viñeta publicitaria que decía «Siempre preparados para ayudarte».

El nuevo director colgó el teléfono, mientras el spray seguía violando paredes,en los rostros de los compañeros se podía leer indignación, Peña, y algún claro atisbo de regocijo en los más viejos.

Sonaba ya cercana la sirena de policía, pero seguía a lo suyo, sin inmutarse.

Cuando se lo llevaron tenía cara de satisfacción, como de deber cumplido. La cartera de piel quedo en el suelo, juntó al spray, Pruden lo recogió rápidamente y cuando vio que aún quedaba se lo guardó en el bolsillo. Mientras seguía caminando pensaba que le parecería mañana a Doña Aurora un poco de libertad de expresión sobre sus maravillosas puertas blancas…

Tap. Tap. Tap.

Tap. Tap. Tap., por Yvonne Escribano

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Tap. Tap. Tap.

Sus dedos golpeaban distraídamente el tablero de la mesa.

Tap. Tap. Tap.

Sabía que pronto llegaría su jefe exigiéndole nuevos plazos de entrega, dándole expedientes que leer o alguna otra tarea que hacer solo para quitarle tiempo. Para mantenerlo ocupado.

Tap. Tap. Tap.

Las palabras burbujeaban en su interior. Querían ser escuchadas. Gritadas.

Tap. Tap. Tap.

Estaba cansado. Cansado de tantas sonrisas falsas y corbatas como collarines. Cansado de obedecer.

Tap. Tap…

Se levantó, cogió su maletín y salió por la puerta. Enfiló la calle con la certeza de que era libre, de que podría hacer cuanto quisiera. Y, allí, junto a la pared, la vio. Una simple lata de pintura. Sonrió.

Tap.

A la mañana siguiente, su jefe descubrió su renuncia pintada en la pared.

Tenía que ser hoy

Tenía que ser hoy, por Cristina Rodríguez

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Hoy. Tenía que ser hoy. Después de semanas siguiéndoles, este lunes frío de invierno iba a poder rematar su último trabajo.

Un lunes que diera paso a esa jubilación muchas veces imaginada y ahora planificada día a día.

Eligió cuidadosamente su indumentaria:

La gorra negra a juego con el abrigo de paño. Sabía que si no se ponía corbata su aspecto sería el de un hombre ya jubilado que sale a la calle sin rumbo fijo.

Ahí están.

Mientras lía un cigarrillo no les quita la vista de encima.

«Ahora no podrá negar lo que está haciendo, no será como la última vez» piensa.

Está apenas a cincuenta metros de ellos .Ella triste,cada vez más triste. Sin saberse observada, ha dejado que un extraño sepa mucho mas de su alma de lo que parece saber Julián. Relación imposible, acabada.

Julian no está triste. Bajo ese aspecto pulcro de estudiante recién graduado que estrena vida adulta ,no sabe de tristezas. El actúa a capricho, no respeta reglas,no se compromete.

Cinco minutos antes se ha puesto los guantes. Iba a sacar el spray.

No había duda. Hoy iba a ser el día.

Avanzó. En cuatro zancadas estaba junto a él. Mantuvo su mirada.

«No es la primera vez que te digo que no se tocan los grafitis de otros,¿verdad?»

Sin pensarlo, sin poder controlar la satisfacción del momento le quitó el spray de las manos y salió corriendo.

Ahora a Alicante.

Fugaz encuentro al sonido del spray

Fugaz encuentro al sonido del spray, por Pedro Rizaldos

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Acababan de salir.

Adriana de casa de su abuelo, con la cartilla de racionamiento. Un tanto despistada y pensando en los 80 años que cumplirá la próximas navidades. Aun el frío la tenia entumecida y su mente vagabundeaba por la ciudad sin rumbo fijo.

En su mano derecha, junto a su pecho, como entornado el “Mea Culpa”, atesoraba la lista de sus deseos: Limón, aceite, leche, azúcar, harina, yogurt y huevos; los ingredientes de un bizcocho, su regalo de cumpleaños, a descontar de la cartilla de racionamiento.

Pocos pasos después de recitar los ingredientes, cavilando dónde obtenerlos, su perdida mirada se clavó sobre el atrayente sonido a su izquierda. Un silbante siseo, seco y metálico  que le condujo hasta el hombre joven de guantes, traje, maletín y zapatos que garabateaba al pie del murete, entre dibujo, prosa y letanía. Adriana intenta adivinar la imagen o el mensaje

Philip, del trabajo, en la treintena, atlético, alto, cabello betún, zapatos, traje impecable y cartera negra diplomáticos. Los guantes separándole del aerosol. Poca necesidad de líos y mucha de expresión arropan a este desafiante grafitero, con compulsiva inquietud de firmar su enseña. Es el imperio de la libre creatividad del espíritu que le compelen a arriesgarse con imaginación y aerosol sacados de algún recóndito lugar de su mente-

La adrenalina aguijoneaba su pulso y el saberse objetivo de la policía política, que le llevaron a pausar el tiempo y vivir intensamente el momento presente.

De alguna manera sintió una fría y curiosa mirada a su espalda, mas intrigante que amenazante.

Adriana y Philip, cada uno sacados de su mundo; que a no ser por el aerosol, el dibujo en la pared nunca abrían recalado en su existencia.

Interrumpieron su labor iniciaron un dialogo de miradas, esperando que fuera el otro quien le reconociera o iniciase la conversación.

Ojeada de reconocimiento, silencio de extrañeza y ademanes huidizos para separarse silenciosamente, intentando olvidar el encuentro y retomar su rumbo.

Hacía frío ese día

Hacía frío ese día, por José Ramón

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Hacia frío ese día. El chico llevaba guantes, pero, pardiez el traje… Bueno, era jóven y parecía de los que aguantan bien.

De toda formas, me da pena el chico, como muchos que tienen que soportar la imagen que le exigen para su trabajo.

Pero no me llamo la atención esto. ¡Estaba pintando con un spray en la pared!

No me importaba, estaba tan inmersa en mis pensamientos…y ademas, que coño me importa este chico, pensé.

Bueno la verdad es que, pensando ahora, lo que estaba pintando, debía haber sido suyo o al menos le apasionaba pintar en las paredes. Tanto como para pararse, estando trajeado y hacerlo.

¿Seria como una terapia?, una terapia absurda. Pero bueno, también me parecía absurda su imagen de pobre ejecutivo. En ese momento… Al estar agachado en equilibrio, de esa sensación de fragilidad. ¡No!, ¡era frágil, de eso no me cabe la menor duda.

Lo que me sigue llamando la atención es que se parara en ese momento a pintar…Estaría hasta los cojones de su trabajo. Si, eso creo. O, tal vez, era parte de un ritual.

Puede que esa pintura no fuera suya. Pero bueno me parecía que seguía un ritual… Como ahora se hacen tantas cosas raras y que si lo analizas bien, forman un todo lleno de equilibrio. Como lo es el hecho de ir trajeado y pintar con un spray en una pared.

Me sigue dando pena el chico, caray.  Será porque estoy sensible, pero me sigue dando pena.

All you need is...

All you need is…, por Kirely MaVi

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Raúl como todos los días tomaba el camino más largo para llegar al trabajo que tanto lo agobiaba, 8 años tenía de ser bancario, profesión que desarrollo por necesidad, era diseñador gráfico, estudió eso porque sabía perfectamente que la combinación de colores con palabras emitían una emoción.

Es por eso que desde hace un par de semanas, antes de llegar a su oficina, le llamaba la atención un dibujo de un sol con una frase muy típica, All you need is…, todos los días lo complementaba con diferentes palabras, más allá de las cosas comunes como: el amor, vida, dinero y una gran serie de deseos intervenían entre sí, hizo que esa necedad de siempre querer algo, aquella  mañana tomara su cajón de pinturas y al llegar a la esquina con el aerosol azul empezó a borrar la frase con círculos interconectados, cuando Laura su compañera de trabajo, se acercó a él, le quitó la pintura suavemente, mientras le decía – Lo que tú necesitas es hacer algo que te haga feliz.

Es por eso que Raúl, cinco meses después, la policía lo declaró inocente de haber pintado las paredes del Instituto de Bellas Artes, patrimonio nacional de México.

Una fría tarde de invierno

Una fría tarde de invierno, por María Jesús

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Mientras caminaba en esta tarde fría de invierno, me sobresaltó ver la imagen de un hombre con aspecto de ejecutivo, que se disponía a realizar la pintura de un grafiti,  en una pared cercana al paseo, por el que transitaba todas las tardes.  Siempre la misma rutina, el mismo recorrido, los mismos gritos de los niños que correteaban a la salida del colegio, el olor a castañas asadas, con ese sabor entre dulce y amargo que se instala en el paladar y que pervive durante minutos, pero que yo lo mezclaba con las lágrimas del recuerdo y con los pensamientos de dolor que invadían mi mente y me devolvían las imágenes de tiempos pasados.

Allí estaba yo, vestida con la misma ropa luctuosa,  mi abrigo negro, mi bufanda al cuello, para sentir el estrangulamiento de la pena, con la mirada perdida en el pasado, entre el ruido ensordecedor de la calle y el devenir de la gente, intentando sortear con languidez a los viandantes que se cruzaban en mi camino y que no permitían que pudiera arrastrarme y dejarme sentir en mis pasos…. Por eso, no sé cómo pude reparar en ese hombre, de aspecto elegante, con su cartera en la mano y tampoco sabré lo que  hizo que mi mente se detuviese un instante para comprobar cada uno de sus movimientos, lentos  y precisos como si se tratase de un pincel armonioso que va dibujando con trazos firmes el lienzo. Entonces, el tiempo se detuvo, mi mirada parecía absorta y congelada ante lo que estaba viendo, de su mano salía un  laberinto de imágenes, imprecisas, que se iban envolviendo unas a las  otras, como orugas y gusanos dentro de una caja, dejando un rastro baboso, revulsivo,  que me produjo una arcada y deseos de vomitar ante el espectáculo que creía estar contemplando, que no era otra cosa que mí vida, de la que formaba parte mí existencia  y que como una señal, se me exigía, que saliera del caos en el que había estado inmersa en estos últimos meses.

Evocación

Evocación, por Begoña Munarriz

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Sí, soy un hombre gris, tan gris como la fotografía. Soy un padre ejemplar, un marido ejemplar, un empleado ejemplar, un hijo ejemplar. Sí, también soy aburrido, disciplinado, rígido, no digo una palabra más alta que la otra, soy educado, amable, atento. Cumplo con mis obligaciones, el deber lo primero, ¿la devoción?… no sé dónde está la devoción, ni la pasión, ni la alegría, ni la espontaneidad.

Quizá una vez tuve un sueño que casi no recuerdo… era muy niño, era antes de que muriera mi madre, antes de que mi padre se volviera más arisco aún, más frío, más exigente. Antes de que me dijera en qué consistía la vida y qué esperaba de mí. Sé que no lo puedo culpar, aunque tenga el miedo metido en los huesos, tan adentro que casi los puede quebrar.

Ahora soy adulto y sigo atrapado, atrapado en una vida que no me corresponde, una vida prefabricada, previsible, ordenada. Un camino recto hasta la muerte, seguro pero sombrío, helador.

Todavía no he cumplido los cuarenta y ¿qué?, me pregunto, ¿va a cambiar en algo los años por venir?, ¿voy a ser capaz de romper con todo?, ¿de abandonar mi vida, a mis hijos, mi trabajo, a mi mujer? Sé que no y sé que es lamentable. Sé que yo mismo me condeno, sé que soy cobarde y gris, sobre todo gris, menos cuando pinto en las paredes con sprays de colores y me sorprendo tanto como la mujer que pasa a mi lado.

El Buen Hijo

El Buen Hijo, por Ana Pielfort

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Hacía días que las llaves de aquella casa le temblaban en el bolsillo. Días en los que sólo se atrevía a recorrer el perímetro de la vivienda, incapaz de cruzar el umbral. Si aquella casa no hubiera salido en todas las cadenas… Si la policía no hubiera acordonado la zona… Si los vecinos no se hubieran concentrado con pancartas… Entonces, el tintineo de las llaves sonaría feliz y su presencia en el barrio no estaría despertando ciertas suspicacias.

Hacía días que los vecinos le observaban merodear por los alrededores. De vez en cuando le veían detenerse frente a la casa de doña Paquita y permanecer allí durante un buen rato. Miraba casi absorto las pintadas y dibujos que durante semanas habían salido por televisión. Seguramente habría leído más de cien veces la frase que presidía el balcón principal: «¿No os da vergüenza echar a la gente de sus casas?». Aquella frase, pintada en rojo sobre una sábana roída, tenía varios destinatarios, pero solo uno de ellos recorría ahora el barrio como un bulto sospechoso.

A pesar de que su rostro nunca llegara a aparecer en las noticias, hacía días que algunos comerciantes de la zona ya lo habían identificado. Le recordaban con pantalón corto y chaleco. Buen hijo, buen estudiante, buen seminarista hasta que se hizo buen abogado.

Plantado frente a la antigua casa familiar, se dispuso a oficiar la ceremonia que había imaginado durante los últimos días. Sacó del maletín unos guantes negros, un bote de pintura en spray y se dirigió al único trozo de fachada que permanecía limpio, libre de indignación tatuada en la piel de aquella vivienda.

Bajo la curiosa mirada de algunos vecinos, trazó el símbolo que mayor odio podía arrojarse sobre sí mismo. Una esvástica. Una cruz con brazos doblados en ángulo recto que paradójicamente en otras culturas significa ‘suerte’.

Otoño

Otoño, por Ahinara Mendo Hernández

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Como si de una canción se tratase, al compás del otoño la vida de John se estaba deshojando. Pese a saber que tarde o temprano pasaría, todavía estaba intentando encajar su día a día sin Linda. Siempre le había reprochado dedicar demasiado tiempo a ese maldito trabajo. Y todo ¿para qué? A fin de cuentas su jefe no había titubeado al decirle que tenía que prescindir de él, cómo si tantos años de esfuerzo y lealtad se hubiesen esfumado en una conversación de no más de diez minutos. En aquella mañana, en la que llevaba repartida una decena de curriculums, sintió que se habían agotado todos los cartuchos. Tras tantos días sin dormir, el pensamiento de que su vida carecía de sentido cobraba fuerza a un ritmo imparable. Decidió que lo haría, él siempre había sido valiente en sus decisiones. Pero antes de hacerlo, deseaba ser alguien, no ser invisible, así era como se estaba sintiendo últimamente. Necesitaba ir en contra de lo establecido, del deber, de la obligación, ya que por ello había perdido a la mujer de su vida. En un acto de rebeldía, compró un bote de spray  y se puso a escribir su nombre por todas las paredes de la ciudad. Pensó que así sería visible, algo, alguien. Mientras pintaba, se iban esfumando las pocas fuerzas que le quedaban. Y así partió, dejando una huella que semanas más tarde borraron los servicios de limpieza.

Ahora sí

Ahora sí, por Adrián Díaz

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La perfección no era la meta, era el camino. Y el origen. Era el principio y el fin.

El detalle. La corrección más pura en lo esencial y en lo superfluo.

En todo momento Ignacio Cortés buscaba la perfección en lo que hacía y en lo que se encontraba. Le parecía que en un mundo imperfecto su Dios personal le había encargado una misión que cumplir: perfeccionar lo que le rodeaba.

Y todos los días, de camino a su despacho de la calle Termófilas, le llamaba la atención un mismo detalle. Sin importancia, vulgar, prácticamente inadvertible aunque para él destacara tanto como un cartel de neón. Y poco a poco, día a día, cada vez le irritaba un poco más pasar por delante de aquel desastre que tan obscenamente se publicaba al mundo.

Aquél miércoles no pudo soportarlo más. Compró un spray tardando casi media hora en escoger la tonalidad de color correcta. Y el jueves por la mañana, a primera hora, lo sacó de su maletín.

El grafitero, probablemente adolescente, había olvidado cerrar por completo el trazado de su firma. Un centímetro de separación alejaba aquellas líneas de la perfección.

E Ignacio, orgulloso de sí mismo aquella mañana, corrigió el trabajo.

-Ahora sí –se dijo-. Ahora sí.

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Siempre puedes escribir tu relato y enviárnoslo, aunque no estuvieras en la sesión, para que sea leído e incluido en el libro recopilatorio: contacta.
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Pepe
Pepe
7 years hace

Me han gustado los dos relatos que veo colgados. Quizás me decante por el de «Bin Laden»
Ambos coinciden en una cosa que no me gusta mucho: el uso de «spray» cuando nosotros tenemos «aerosol» ¡¡¡ Pecata minuta !!!

A ver si no me pierdo las próximas citas.

Un saludo.

Ciervo Blanco
Admin
7 years hace
Reply to  Pepe

Hola, Pepe. Te gustará saber que leí tu relato durante la sesión y fue un éxito. De hecho, quedó finalista en una segunda posición compartida. Enhorabuena, ¡en la próxima lo lees tú mismo!

Pepe
Pepe
7 years hace
Reply to  Ciervo Blanco

Se me da fatal la lectura en voz alta…. seguro que buena parte del ¿éxito? te corresponde.

El ganador lo es MERECIDÍSIMAMENTE.

Thanks a lot ¡¡¡

Phillo
Phillo
7 years hace

¡Hola!
Me gustaría participar pero de oyente, sin llevar un relato. ¿Es posible? Sería la primera vez que acudo y me gustaría ver qué tal la cuestión. Ustedes me dirán. ¡Gracias!

Ciervo Blanco
Admin
7 years hace
Reply to  Phillo

Hola,

Preferimos que para las tertulias se hayan leído los libros y para las sesiones de escritura llevemos un texto cada uno. De lo contrario es aburrido para ti y no puedes participar.

La calidad del texto no importa, se trata de usar la imaginación y crear.

Un saludo,

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