“Me llevaba bien con aquel negro duro y viejo que sabía reírse a carcajadas de sí mismo. Eso es lo que yo quiero: aprender a reírme a carcajadas de mí mismo. Siempre, aunque me corten los huevos.”
«Trilogía sucia de La Habana» es la reunión de tres libros de cuentos que, debido a la unidad de escenario y a la continua repetición de personajes, acaba convirtiéndose en una especie de novela sin principio ni final. Gutiérrez, autor y actor principal de la mayoría de los cuentos, va pintando un gran fresco de las clases más desfavorecidas de La Habana. A través de estos relatos, escritos en un estilo directo, duro, desgarrado, casi siempre en primera persona, vemos las peripecias por las que debe pasar la mayoría de los cubanos para conseguir un poco de comida, de trabajo, de amor, de intimidad. Hay en el libro crítica política y social, pero aparece de modo indirecto, y cobra así, por medio de la ironía y de la distancia, mayor contundencia.
Ni importa la sombra innegable de Bukowski que se proyecta sobre el libro: los planteamientos son casi los mismos que los del padre del realismo sucio americano: autobiografismo, sordidez, sexo duro, cinismo, desolación… la historia de los desarraigados contada por uno de ellos; Gutiérrez personaliza ese estilo y supera a su modelo en cuanto a la variedad de registros, delicadeza y ambición literaria. Su personaje principal, Pedro Juan, es más reflexivo, menos previsible, menos presuntuoso y más humano que Chinavski. Ese es el gran logro del autor, la creación de una conciencia que mira a su alrededor y va tejiendo, aprendida en la escuela de la vida, una filosofía de raíz estoico-cínica de la subsistencia, con un estilo despojado y a la vez discursivo, crudo y al tiempo cálido, subrayando la posibilidad que tiene cualquier ser humano de gozar en mitad de la más desaforada adversidad.
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